A un buen amigo...
Hace más de un año de su partida hacia aquellas altas tierras. Se fue sin avisar, y no le guardo rencor pero lo añoro. Le escribo para decirle que yo también me fui, aunque vuelvo y siempre volveré. Volveré a la tierra que nos vió nacer, esa tierra madre de ilustres, madre de madres. Esa madre que renace con la primavera ya llegada y que dará sus frutos a los agosteros.
Las cigüeñas ya pueblan las altas torres que vigilan la villa solemnemente sin vacilar ante el rugido de lo nuevo. Aquel ruido que viene de un León surca el silencio de las tardes, asustando a todas palomas que huyen. Se refugian en un viejo palomar que casi está en ruinas pero que resiste como resistieron las gentes de la villa al tiempo. Aún se oye el eco de las alas al batir mientras los cantos de los grillos asoman entre las altas espigas de trigo. Y vuelve la noche, noche de verano y noche de verbena. Corre una brisa suave que alivia la quemazón de la sobremesa.
Los niños miran con ojos infantiles las reinas de las fiestas que bailan sin cesar esperando que al alba les sea recompensada su obra con chocolante y bizcochos. Mientras, en el campo todo yace tranquilo bajo la atenta mirada de un cielo estrellado. Los ciervos y los búhos salen a pasear en el sosiego de esas tierras que llegan al alma.
Hace más de un año de su partida hacia aquellas altas tierras. Se fue sin avisar, y no le guardo rencor pero lo añoro. Le escribo para decirle que yo también me fui, aunque vuelvo y siempre volveré. Volveré a la tierra que nos vió nacer, esa tierra madre de ilustres, madre de madres. Esa madre que renace con la primavera ya llegada y que dará sus frutos a los agosteros.
Las cigüeñas ya pueblan las altas torres que vigilan la villa solemnemente sin vacilar ante el rugido de lo nuevo. Aquel ruido que viene de un León surca el silencio de las tardes, asustando a todas palomas que huyen. Se refugian en un viejo palomar que casi está en ruinas pero que resiste como resistieron las gentes de la villa al tiempo. Aún se oye el eco de las alas al batir mientras los cantos de los grillos asoman entre las altas espigas de trigo. Y vuelve la noche, noche de verano y noche de verbena. Corre una brisa suave que alivia la quemazón de la sobremesa.
Los niños miran con ojos infantiles las reinas de las fiestas que bailan sin cesar esperando que al alba les sea recompensada su obra con chocolante y bizcochos. Mientras, en el campo todo yace tranquilo bajo la atenta mirada de un cielo estrellado. Los ciervos y los búhos salen a pasear en el sosiego de esas tierras que llegan al alma.









